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viernes, 11 de junio de 2021

¿QUE ES IFÁ?


Los tradicionalistas ven en Ifá la dilucidación de su mundo y la razón de su existencia. 

El sistema filosófico literario de Ifá contiene y explica todo lo que existe en la naturaleza, las profecías, las predicciones; los orishas, la concepción de su mundo, ese mundo cíclico que comienza en el Cielo donde Oloddumare, el Ser Supremo de la Creación, rige la vida del Universo. 

En los odu de Ifá se registran todos los sucesos cotidianos: la música, la danza, la geografía, la medicina, la flora, la fauna, etcétera, y abarca también el culto a los orishas formando un todo y como resultante se conforma el producto más terminado y refinado de la cultura de estos pueblos. 

Ifá está formado por un cuerpo literario que tiene doscientos cincuenta y seis signos (odu), un gran sistema ceremonial y una abundante cantidad de atributos y símbolos. Cuando se menciona a Ifá no se puede excluir a su máximo sabio comunicador: Orúnmila. Él es el portavoz e intérprete de Ifá y está tan vinculado a este sistema que se le considera un solo cuerpo. 

Realmente no hay Ifá sin Orúnmila, ni Orúnmila sin Ifá. Es él quien ha hecho posible, en el Cielo y en la Tierra, la relación entre Ifá, el hombre, el resto de las deidades y Oloddumare. Orúnmila es el testigo de los destinos, y cuando los seres de la Creación deciden venir a la Tierra y piden, arrodillados ante Oloddumare, lo que desean para la estancia en este mundo es él quien los ayuda a alejar los futuros peligros. En ese momento también se encuentra, junto a Orúnmila, Eleniní, el guardián de la Cámara Divina, la deidad del infortunio y los obstáculos, la de mayor rango y la más cercana a Oloddumare; ella es la única fuerza capaz de regir la forma en que se realizará nuestro destino en la Tierra. Solo a aquellos que se esmeran en rendirle homenaje antes de salir del Cielo, se les libera la mano para que conduzcan sus asuntos sin trabas o estorbos. 

La presencia de Eleniní y de Echu conduce al hombre por el camino necesario del sacrificio. Echu influye en las mentes de los seres creados por Oloddumare, pero Él concibió a Orichanlá con el objetivo de contrarrestar esa influencia negativa y lo nombró su representante en la Tierra; de tal manera que las propias divinidades, de mayor y menor nivel, se manifiestan bajo su autoridad. 

Otra fuerza que los seres humanos no pueden obviar es la relacionada con el culto de los hechiceros, encabezados por la deidad Iyamí Ochooronga. Los brujos no condenan sin una prueba contundente y cierta, pero quienes ignoran el papel que ellos desempeñan en el sistema planetario y no pagan su deuda con la humanidad, fácilmente caen víctimas de la hechicería. 

Todas las deidades tienen particularidades y poderes individuales otorgados por Oloddumare y realizan una labor específica. Desde los elementos de la naturaleza hasta las enfermedades que se padecen están determinadas por una fuerza celestial; aspectos tan elementales como la casa donde se vive tienen su razón divina. Incluso, el viaje del Cielo a la Tierra, se realiza acompañado de las energías que generan el ángel de la guarda, el odu patrón y el Echu que acompaña a ese odu. 

Cada deidad es insustituible en la estratificación que compone la cosmogonía yorubá. Después de las deidades, aparecen los ancestros; o sea, aquellos hombres y mujeres que antecesores, cuya alma veneran sus familiares y amigos. Los ancestros permanecen cercanos al hombre y velan por el des-envolvimiento correcto de sus destinos. Desde el más allá son una ayuda que, si bien no es material, desempeña un importante papel en la relación del hombre con el mundo espiritual; actúan como intermediarios entre los orishas y los hombres. Esta relación que se establece entre el antepasado y su familiar vivo, mantiene vigentes los lazos del orden filial. 

Los ancestros tienen dos categorías: espíritus de luz y espíritus sin luz, pertenecer a una u otra categoría lo determina la forma en que vivió ese espíritu; una buena o una mala vida genera una buena o una mala muerte y, naturalmente, el lugar que ocupará ese espíritu en el Cielo. Esta concepción está bien alejada, por ejemplo, del concepto cristiano sobre el «infierno». 

En el cuerpo literario de Ifá no hay ninguna información que sustente ni justifique su existencia. Oloddumare no creó el mal ni lo desea para sus criaturas, no es su voluntad castigarlos a «arder en llamas eternas». Es aquí en la Tierra donde el hombre intentará depurar la energía negativa que arrastra individual o colectivamente. Es en cada uno de los viajes que realiza del Cielo a la Tierra, reencarnando a través del tiempo infinito, que tiene la posibilidad de luchar por su mejoramiento astral, pues el ciclo de la vida evoluciona en busca de la energía positiva de forma inevitable, apoyado en el servicio voluntario e incondicional a las deidades y a los ancestros. 

En sentido general, el hombre yorubá lucha siempre contra el peligro de la muerte, se enfrenta a catástrofes, conflictos, disputas, miserias, en medio de la ambivalencia que el destino de cada odu prescribe; sin embargo, la única forma de evadir o contrarrestar a esas fuerzas negativas y arrancarle a la muerte eterna lo mejor a utilizar en la vida efímera, es la ofrenda.



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